Por qué me niegan ayuda psicológica? Una historia de lucha y abandono

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 ¿Creen que no me merezco ayuda psicológica?

Para entender mi presente, debo resumir lo que ha sido mi vida: un camino marcado por el cuidado de los demás y el olvido de mí misma.

A los 26 años me casé con un hombre que pronto mostró su verdadero rostro: infiel, maltratador psicológico y cruel. Se burlaba de mi físico y me obligaba a atender a sus amantes en mi propia casa. En medio de ese infierno, nació mi hijo, Jordi. A los tres meses supe que estaba enfermo, aunque tardaríamos años en saber qué tenía realmente. Mientras yo peregrinaba por hospitales, mi marido seguía con su vida, ignorando nuestro sufrimiento.

Pronto llegó el golpe de perder a mi madre por un cáncer que mi familia me ocultó hasta el final. Poco después, me dieron la noticia de que Jordi era casi ciego. Recuerdo salir del hospital y tener que sentarme en un banco porque las piernas no me sostenían.

Una lucha constante contra el sistema

Lo que siguió fue un calvario de rechazos escolares y discriminación. Jordi fue humillado en colegios convencionales hasta que terminó en la escuela de la ONCE. En 1991, tras años de abusos, logré separarme, pero la depresión ya se había instalado en mí.

Me quedé sola al cuidado de mi hijo y, poco después, de mi padre enfermo. Sin ayuda de nadie, también tuve que hacerme cargo de una tía dependiente. Mi vida se convirtió en cuatro paredes. Cuando Jordi cumplió 15 años, tras mucha lucha, le diagnosticaron Síndrome de Alström una enfermedad rara y degenerativa.

Buscando una salida, nos mudamos a Puerto Real engañados por «amigos» que solo buscaban el dinero de la pensión de mi padre. Allí, en la mayor de las soledades, conocí a Antonio. Él fue mi luz y nos mudamos a Jerez. Sin embargo, la carga del cuidado no terminó: tras 15 años cuidando a mi padre hasta su muerte, tuve que cuidar a mi suegra durante otros siete. Fueron 22 años de encierro total.

El peso del duelo y el abandono institucional

Mi hijo Jordi falleció el 16 de marzo de 2011, con solo 28 años. Desde entonces, mi salud mental se ha desmoronado. He pedido ayuda psicológica incansablemente, pero el sistema solo me ofrece pastillas que destrozan mi estómago.

Escribí a mi médico para explicarle mi realidad: vivo con agorafobia, ataques de pánico y un agotamiento que me impide levantarme. La respuesta de la psiquiatra fue desoladora: me recetó otro antidepresivo y me dijo que no volvería a verme. Según ellos, **como mi sufrimiento lleva tantos años, ya no pueden hacer nada por mí.**

He acudido al Defensor del Pueblo, a la Cruz Roja y a Cáritas. Todos prometieron ayuda; todos terminaron en silencio.

 Un grito de auxilio

Hoy me siento abandonada por la sociedad. Solo pido un psicólogo que me escuche sin juzgar, no alguien que me despache con una receta. Necesito una red, una amiga, una razón para no sentir que la muerte es la única salida.

¿Tan poco me merezco en la vida? ¿Es que haber sufrido durante tanto tiempo me quita el derecho a ser ayudada hoy? No soy una causa perdida; soy una mujer que ha dado todo por los demás y que ahora, simplemente, ya no puede más.

 

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